Análisis: La primera Semana Santa de León XIV, sus llamados a la paz y la voz de la Santa Sede hoy


El Papa León XIV lleva la Cruz en el Coliseo el Viernes Santo, 3 de abril de 2026, durante el Vía Crucis. / Crédito: Simone Risoluti/Vatican Media.

En un gesto que marcó el tono de su primera Pascua como Pontífice romano, León XIV llevó personalmente la Cruz a lo largo de las 14 estaciones del Vía Crucis en el Coliseo el Viernes Santo, convirtiéndose en el primer Papa en décadas en hacerlo.

Fue un gesto poderoso, no sólo porque mostró a un Pontífice fuerte y vigoroso —como Juan Pablo II al inicio de su pontificado, y también Pablo VI, quien estableció la tradición del Vía Crucis en el Coliseo—, sino también a uno que comprende el poder de las acciones simbólicas. Los gestos de León XIV son deliberados y están arraigados en la tradición cristiana y “romana”. Esta es una clave para entender su pontificado.

La elección de llevar la tradicional mozzetta en las ocasiones oficiales, la reinstauración del lavatorio de los pies de sacerdotes como apóstoles en San Juan de Letrán, y el hecho de llevar personalmente la cruz (o la custodia, como hizo durante la procesión de Corpus Christi) son señales de su intención de centrar la identidad de la Iglesia.

Al recurrir a estas tradiciones, León presenta la fe como fundamento del mensaje de la Iglesia al mundo, subrayando el poder de los símbolos por encima de la retórica.

Partiendo de esta premisa, el Papa decidió llevar la cruz, subrayando que, en el sufrimiento, nuestros ojos deben estar puestos en Cristo. Mediante este gesto, quiso desaparecer él mismo y dejar a Cristo en primer plano, como afirmó en su primera homilía papal en la Capilla Sixtina.

En medio de estos gestos simbólicos, el Papa también hizo aún más explícito el clamor global de los cristianos por la paz.

No es casualidad que el Papa León eligiera al P. Francesco Patton, franciscano y ex Custodio de Tierra Santa, para redactar las meditaciones del Vía Crucis. En un año en que se celebra el octavo centenario de la muerte de San Francisco, un franciscano procedente de una zona de conflicto transmite un mensaje de paz.

La paz ha estado en el centro de los esfuerzos de León XIV desde el inicio mismo de su pontificado, cuando, al aparecer por primera vez en la Logia de las Bendiciones, invocó la paz “desarmada y desarmante” que sólo Cristo puede dar.

Los llamamientos de León XIV a la paz han aumentado tanto en frecuencia como en intensidad, resonando en sus homilías y apariciones públicas.

En su homilía del Domingo de Ramos, por ejemplo, dijo: “Este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz… que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’”.

En su mensaje urbi et orbi del Domingo de Pascua, León fue, sin duda, más urgente y rotundo.

“A la luz de la Pascua”, dijo, “¡dejémonos sorprender por Cristo!”.

“¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón!”, dijo León. “¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz!”. Aunque estas son palabras fuertes de advertencia y exhortación, pronunciadas sin titubeos ante los poderosos, lo cierto es que los llamamientos de León XIV suscitan una atención pasajera antes de caer en la oscuridad. Esto pone de relieve una desconexión entre la estrategia de comunicación simbólica del Papa y la influencia real de su mensaje en el entorno mediático actual.

En su publicación “Newman”, hace un par de semanas, Matteo Matzuzzi abordó las acusaciones de silencio papal. Se critica a León XIV por no hablar con claridad sobre los palestinos, por no condenar directamente a Israel y por no abordar los grandes conflictos. Sus críticos ven en su silencio una reticencia a adoptar una postura o a ponerse del lado de la historia.

Matzuzzi plantea la cuestión clave: ¿Debería un Papa adoptar posiciones políticas explícitas o debería, en cambio, establecer una dirección general y empoderar a los católicos para actuar? Esta cuestión está en el centro de los debates actuales sobre la comunicación papal y la eficacia del enfoque elegido por León XIV.

En última instancia, la Santa Sede es un actor global.

La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas precisamente porque esas relaciones le permiten defender a los pobres y a los desfavorecidos, y el Papa está llamado a tener esto en cuenta.

El objetivo de León XIV es la unidad y la paz, poniendo a Cristo en el centro y animando a los cristianos a actuar con fe. Sus mensajes repiten con frecuencia el tema de que el sacerdote es un alter Christus, atrayendo a los creyentes a concentrarse en una acción impulsada por Cristo.

El contraste con las intervenciones improvisadas del Papa Francisco y su disposición a entrar directamente en debates políticos pone de relieve el argumento principal: la eficacia y la recepción de la comunicación papal dependen de si el Papa habla como participante o como símbolo orientador.

El enfoque franco de Francisco generó una reacción inmediata, pero también desdibujó el papel diplomático singular de la Santa Sede.

Esto complació a la prensa, que veía en Francisco una forma auténtica de actuar y también un campeón de todas sus batallas, un “caballo desbocado” destinado a crear confusión en la Iglesia, abriéndola, de hecho, a la modernidad.

Sin embargo, el estilo “inconformista” de Francisco tuvo algunas consecuencias graves —probablemente no previstas ni deseadas— que siguen necesitando ser afrontadas.

La diplomacia es, después de todo, todo un lenguaje, y abandonarla dice mucho.

Para el Papa Francisco, descartar el lenguaje diplomático también disminuyó la influencia de la Santa Sede; abordar cuestiones inmediatas mediante encíclicas y documentos no universales ha convertido al Papa en un actor global entre muchos otros, y no en una figura profética; buscar acuerdos de paz a cualquier precio —empezando por el controvertido acuerdo sobre los obispos con la China comunista— muestra que la Santa Sede está dispuesta a adoptar cualquier medida para alcanzar objetivos pragmáticos.

La historia nos ha dado un Papa (Francisco) que fue ampliamente escuchado, incluso controvertido, del mismo modo que fue divisivo, atacado y elogiado desde todos los frentes. El pontificado de Francisco, a su vez, dejó una Santa Sede debilitada en un momento histórico crucial.

En los últimos años, la Santa Sede ha visto a sus diplomáticos expulsados ​​de Nicaragua, tres intentos de mediación fracasaron en Venezuela y ha enviado llamamientos para el fin de la guerra en Ucrania que han caído en oídos sordos y han dejado a la Santa Sede básicamente recluida en una misión principalmente humanitaria en lugar de diplomática.

León XIV está restaurando los símbolos, pero aún no ha restaurado el respeto que inspiran.

Actúa en un entorno que cambia rápidamente, donde la comunicación es extremadamente veloz, de modo que la falta de una respuesta inmediata parece ser una desventaja. Pero actúa, ante todo, por la Iglesia.

Esto disgusta a muchos, que desean influir en el Papa. William McGurn escribió un duro editorial criticando la falta de postura del Papa, señalando que a Irán no se lo puede ayudar con homilías.

Estas críticas pasan por alto el propósito principal del Papa y de la Santa Sede: aportar equilibrio y buscar la paz. La doctrina social de la Iglesia es su herramienta, pero la aplicación concreta corresponde a otros. El Papa marca la visión; la acción exige responsabilidad de todos.

Es un enfoque increíblemente sinodal, según el mejor significado discernible del término, y sin embargo es impugnado por todos aquellos que verdaderamente han defendido la sinodalidad. La sinodalidad debería funcionar como una especie de democratización de la Iglesia, pero cuando se trata de ideología, hay que tomar una posición.

Quizá por eso los llamamientos papales se encuentran ahora con la indiferencia mediática.

Si en el pasado los debates sobre la presencia mediática del Papa sugerían una posible dilución del mensaje, el entorno actual con frecuencia deja de lado los intentos de mediación del Papa, ilustrando así la dificultad de generar impacto sólo mediante una comunicación simbólica.

El Viernes Santo, León XIV llevó la Cruz y, en el urbi et orbi de Pascua, lanzó su poderoso llamamiento por la paz.

La esperanza es que la Iglesia también resucite y que la Santa Sede vuelva a tener un impacto en el destino del mundo. No tiene que ser un impacto visible; no necesita titulares. Debe tener un efecto real.

Artículo publicado originalmente en el National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.