
Tercer Domingo de Pascua 2026 / ACI Prensa
Hoy, 19 de abril, la Iglesia celebra el Tercer Domingo de Pascua. Han pasado ya dos semanas desde el Domingo de Resurrección -el mayor de todos los domingos- y seguimos adentrándonos, paso a paso, en el tiempo litúrgico más importante del año, el Tiempo Pascual.
La Pascua es la gran celebración de la resurrección del Señor de entre los muertos. Esta celebración, que se prolonga durante cincuenta días, sigue siendo para la Iglesia como “un solo día”. Esta es una dinámica espiritual muy semejante a la que acabamos de vivir durante la Octava de Pascua, y que ahora ha de prolongarse, pasando por la Ascensión del Señor, hasta el domingo de Pentecostés.
El Tiempo Pascual es un periodo especial en el que los cristianos estamos invitados a vivir la alegría glorificada por la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y la muerte. Este gozo ha de expresarse frecuentemente a través de la aclamación ¡Aleluya!, muy presente en la liturgia, y que debemos hacer resonar en el día a día.
III Domingo de Pascua
La lectura del Evangelio está tomada del relato de Lucas, quien narra lo sucedido con los discípulos que van camino de Emaús (LC 24, 13-35) tras la muerte y resurrección de Cristo.
Dos de los discípulos van camino de Emaús hablando de la muerte de Jesús. Están profundamente entristecidos por lo sucedido. De pronto, Él se les aparece y camina con ellos, pero no lo reconocen. Mientras van de camino, Jesús les explica, a la luz de las Escrituras, que el Mesías debía sufrir antes de entrar en su gloria. Al caer la tarde, ambos lo invitan a quedarse y compartir los alimentos. Al partir el pan, lo reconocen y Él desaparece. Entonces regresan a Jerusalén para anunciar que Jesús ha resucitado y que lo reconocieron al partir el pan.
El Papa Benedicto XVI reflexionaba con ocasión del Tercer Domingo de Pascua del año 2012: “El camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna” (Regina Caeli, III Domingo de Pascua 6 de abril de 2008).
Benedicto XVI destacaba la decepción de los discípulos de Emaús —expresada en la expresión de uno de ellos: “Nosotros esperábamos”—. Los discípulos sienten que todo ha sido un fracaso. Esa decepción o desánimo son como reflejos de la crisis de fe que también viven muchos cristianos hoy ante tantos problemas que aquejan a la humanidad. Sin embargo, la esperanza ha de permanecer viva. Ese camino de desilusión puede convertirse en un proceso de “purificación y maduración” de la fe. A través de la escucha de la Palabra y el encuentro con Cristo en la Eucaristía, es posible recuperar la fe más profunda, auténtica y firme, basada en la presencia real de Dios.
Evangelio según San Lucas (Lucas 24, 13-35)
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.
Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
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