
Gebhard Fugel, ‘La Ascensión de Nuestro Señor’ (detalle), ca. 1893 / Crédito: Wikimedia Commons
La solemnidad de la Ascensión del Señor es una oportunidad anual no solo para contemplar el cielo, adonde Jesucristo ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14,1-6), y la alegría que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón humano imaginó” (1 Cor 2,9), sino también para reflexionar sobre lo que el regreso de Jesús al Padre significa para cada uno de sus seguidores.
Jesús podría haberse quedado en la tierra hasta el fin de los tiempos como el Buen Pastor, recorriendo el mundo en busca de cada oveja perdida. Sin embargo, al ascender al cielo, puso su propia misión en nuestras manos y nos mandó: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15).
Con ello, quitó las “ruedas de entrenamiento” de nuestro discipulado y eliminó cualquier excusa para delegar la transmisión de la fe. “Serán mis testigos”, nos dijo, “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).
Su confianza en nosotros, pese a nuestras debilidades, es sorprendente. Cristo quiso incorporarnos —e incluso confiarnos— su misión de redimir el mundo.
Pero no nos dejó huérfanos (cf. Jn 14,18).
Jesús asciende bendiciendo
San Lucas relata una imagen profundamente significativa: Jesús “los llevó hasta cerca de Betania, levantó sus manos y los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc 24,50-51).
Jesús partió precisamente mientras bendecía a sus discípulos. El Papa Benedicto XVI comentó en su trilogía “Jesús de Nazaret” que Cristo resucitado continúa bendiciéndonos perpetuamente desde el cielo.
“Jesús se va bendiciendo. Se va mientras bendice y permanece en ese gesto de bendición”, escribió el pontífice. “Sus manos permanecen extendidas sobre este mundo”, expresión de su relación permanente con los discípulos y con toda la humanidad.
Por eso, añade Benedicto XVI, los discípulos pudieron regresar llenos de alegría desde Betania: “En la fe sabemos que Jesús mantiene sus manos extendidas sobre nosotros en actitud de bendición. Ese es el motivo permanente de la alegría cristiana”.
Jesús continúa bendiciéndonos con toda bendición espiritual y busca transformarnos en una bendición viva para el mundo.
El Espíritu Santo y la misión evangelizadora
La gran manifestación de esa bendición es la venida del Espíritu Santo, cuya llegada la Iglesia implora especialmente entre la Ascensión y Pentecostés.
San Lucas recuerda las palabras de Jesús: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos” (Hch 1,8). Esa fue la fuerza que descendió sobre la Iglesia en Pentecostés.
Durante la Última Cena, Jesús dijo algo sorprendente: “Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito” (Jn 16,7). Cristo describía así el inmenso don de la presencia del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo ayuda a los cristianos a asumir —y no evitar— la responsabilidad de anunciar que Cristo está vivo, que Él es el Camino, la Verdad y la Vida; que vino a dar vida en abundancia, paz en medio de un mundo herido por la guerra y esperanza para transformar el corazón humano.
Evangelizar en un mundo secularizado
El texto reconoce que hoy muchas personas ya no reciben fácilmente el mensaje cristiano. Algunos consideran erróneamente que la ciencia ha refutado la fe; otros creen que el problema del mal o los escándalos de abusos invalidan el testimonio de la Iglesia. También influye la tibieza con que muchos cristianos viven su fe.
Sin embargo, evangelizar nunca fue sencillo. También los primeros discípulos tuvieron que convencer a paganos y judíos del siglo I de que un carpintero crucificado había resucitado y era el Salvador del mundo.
La misma fuerza del Espíritu Santo que hizo fecundo el testimonio de los apóstoles quiere actuar también hoy.
La caridad como testimonio
Uno de los caminos más eficaces para evangelizar es la caridad.
En 1985, el entonces cardenal Joseph Ratzinger reflexionó sobre las representaciones de la Ascensión en las que los discípulos observan a Jesús desaparecer entre las nubes.
Ratzinger señalaba que debemos reconocer los pies de Cristo “disfrazados” en los pies de las personas que nos rodean, siguiendo el ejemplo de Jesús al lavar los pies de sus discípulos.
“La verdadera ascensión del hombre”, afirmó, “se realiza precisamente cuando aprende a inclinarse humildemente ante el otro”.
Por eso, para ascender espiritualmente, primero es necesario descender con humildad, sirviendo a los demás mediante obras de misericordia corporales y espirituales, incluyendo la transmisión de la fe a quienes no la conocen o la rechazan.
Una llamada a renovar el mundo
La Ascensión de Cristo está llamada a conducirnos desde el egoísmo hacia Dios y hacia los demás; del miedo a la confianza; de una visión limitada del mundo a la realidad plena del Reino de Cristo.
La Ascensión eleva el corazón del creyente y, al mismo tiempo, lo invita a arrodillarse humildemente. Busca ayudarnos a crecer hasta alcanzar la plena madurez en Cristo, respondiendo a la confianza que Él deposita en nosotros al hacernos sus misioneros, junto con el Espíritu Santo, para renovar la faz de la tierra.
Publicado originalmente en National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.