
La Hna. Carine ha compartido ante el Papa el sufrimiento de muchas religiosas en Bamenda (Camerún) / Crédito: captura de pantalla EWTN
En una región marcada por la violencia brutal de los grupos rebeldes, la Iglesia Católica sigue siendo un pilar de consuelo para la población del Noroeste de Camerún.
Así lo puso de manifiesto ante el Papa, durante el encuentro por la paz celebrado en la Catedral de San José de Bamenda, la hermana Carine Tangiri Mangu, religiosa de la congregación de las Hermanas de Santa Ana, en representación de las mujeres consagradas que trabajan en la Provincia eclesiástica de Bamenda.
Esta región del país se encuentra sumida desde 2017 en un conflicto armado ligado a las aspiraciones independentistas de la zona anglófona frente al resto del país, de mayoría francófona. Las bandas armadas siguen perpetrando ataques esporádicos, como el del 10 de abril tras unas ordenaciones sacerdotales.
A esta crisis se suma la acción violenta del grupo terrorista Boko Haram en el norte de Camerún, en la franja fronteriza con Nigeria y Chad, agravando aún más la situación humanitaria.
Con todo, este martes los grupos rebeldes anunciaron una pausa en las hostilidades con motivo de la visita del Pontífice.
Llevando esperanza a los más pobres
En este contexto de constante inseguridad, las religiosas desarrollan su misión en condiciones extremadamente difíciles, acompañando a los más vulnerables de comunidades profundamente heridas por la violencia. “Trabajamos entre los pobres y los indigentes, llevando no sólo ayuda material, sino también esperanza”, explicó la religiosa.
Sin embargo, esta entrega desinteresada está plagada de riesgos. Desde el inicio del conflicto, las consagradas llevan a cabo su apostolado con temor y en permanente inseguridad, expuestas a la violencia que domina carreteras y zonas rurales.
Secuestradas y trasladadas a la selva
Un episodio especialmente dramático tuvo lugar el pasado 14 de noviembre, cuando la hermana Carine y otra religiosa, la hermana Mediatrix, regresaban de Bamenda a Elak‑Oku, donde enseñan a niños sin recursos en una escuela primaria. Durante el trayecto fueron secuestradas por hombres armados y trasladadas a la selva.
Durante tres días y tres noches, ambas religiosas permanecieron retenidas como rehenes en la selva en condiciones inhumanas. No pudieron dormir ni alimentarse y fueron trasladadas constantemente en motocicleta —incluso en plena madrugada— para evitar ser localizadas.
“Fue un momento muy difícil para nosotras, porque, además de ser llevadas de un sitio a otro, no podíamos lavarnos, ni comer o beber agua cuando lo necesitábamos, ni siquiera dormir”, relató la hermana Carine.
Con serenidad y valentía, intentaron explicar a sus secuestradores que “simplemente estábamos realizando nuestro trabajo al servicio de los pobres y que no teníamos nada que ver con la política”, tal y como narró ante el Papa. Poco después, los captores exigieron números de teléfono para solicitar un rescate.
Pese a la angustia y el agotamiento físico, la fe se convirtió en su único asidero. “El Rosario fue lo que mantuvo viva nuestra esperanza”, afirmó la religiosa. Finalmente, tras tres días de cautiverio, ambas fueron liberadas gracias a la intervención de cristianos de la zona, que lograron mediar al conocer su situación.
Este episodio refleja la realidad cotidiana de muchas religiosas y agentes pastorales que ejercen su misión en esta región en guerra. Algunas han vivido experiencias aún más dramáticas y traumáticas, reconoció la hermana Carine, pero ninguna ha abandonado su vocación. “Seguimos confiando en la ayuda de Dios y en la intercesión de la Virgen María”, afirmó ante la atenta mirada del Papa.
A pesar de la violencia persistente, la Iglesia continúa presente en el territorio, acompañando al pueblo cuando otras estructuras han colapsado. Escuelas, hospitales, parroquias y centros sociales siguen en funcionamiento gracias al compromiso de sacerdotes, religiosas y laicos que arriesgan sus vidas para que la población no quede sola.
En una tierra profundamente herida por la guerra, la Iglesia en Camerún sigue siendo voz de consuelo, espacio de protección y signo de esperanza, encarnando una solidaridad silenciosa pero firme con quienes más sufren.