
Una recreación de la exposición “Cuando la fe desafió al poder”, en el Museo UPAEP de Puebla, muestra a dos mujeres confeccionando banderas para las fuerzas cristeras. Crédito: David Ramos/EWTN News.
Mientras miles de hombres combatían al Ejército Federal mexicano durante la Guerra Cristera (1926-1929), una extensa y secreta red integrada por miles de mujeres sostuvo la resistencia católica en México.
“Las mujeres ocuparon un lugar central y de primera línea durante la fase militar del conflicto”, aseguró a ACI Prensa la historiadora Margaret Chowning, profesora emérita de Historia Latinoamericana en la Universidad de California en Berkeley y autora de Catholic Women and Mexican Politics, 1750-1940.
“Durante el periodo cristero, las mujeres hicieron, en ciertos sentidos, lo que muestro en mi libro que venían haciendo desde la época de la Reforma, es decir, defender a la Iglesia y al catolicismo de maneras muy públicas”, señaló. “Sin embargo, durante la Cristiada fueron todavía más activas en este esfuerzo, hasta el punto de formar brigadas femeninas”.
Las tensiones entre la Iglesia Católica y el Estado mexicano se remontaban a las Leyes de Reforma impulsadas en el siglo XIX por el presidente Benito Juárez y se agravaron con las disposiciones anticlericales incorporadas a la Constitución de 1917.
Su aplicación se endureció durante la presidencia de Plutarco Elías Calles y especialmente con la entrada en vigor, el 31 de julio de 1926, de la llamada “Ley Calles”. Ese mismo día, en protesta por las restricciones al clero y a la vida de fe de los católicos, los obispos mexicanos suspendieron el culto público.
Jean Meyer, uno de los principales historiadores de la Guerra Cristera, identifica esa suspensión en el primer volumen de su obra La Cristiada como “el comienzo de la guerra ‘cristera’, ‘la Cristiada’”.

Más adelante, en el tercer volumen de su obra, Meyer señala que la primera Brigada Femenina Santa Juana de Arco se fundó en Zapopan, Jalisco, el 21 de junio de 1927, “compuesta de 17 muchachas”, que “se convirtieron pronto en 17.000”.
Se trataba, explica, de una “organización militar destinada a procurar dinero, a aprovisionar a los combatientes, suministrarles municiones, informes y refugios, a curarlos y a esconderlos”.
Para María del Rocío Contreras López de Lara, actual jefa de las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco, aquellas mujeres fueron “como esos pilares que sostuvieron toda esta Cristiada durante estos años”.
“La verdad es que tuvieron un trabajo impresionante”, aseguró a ACI Prensa.
Una organización que debía permanecer en secreto
Para Contreras López de Lara, una de las claves de la eficacia de las brigadas femeninas fue que “la sociedad y el Ejército Federal” de aquella época “no concebían que las mujeres participaran activamente en redes de guerra”.
De esa manera, continuó, “las brigadistas aprovecharon esta invisibilidad social para cruzar los retenes militares, viajar en trenes” e incluso “se juntaban en las casas”, diciendo que “vamos a tejer, vamos a bordar, vamos a hacer un pastel”.
Conocidas como “las BB”, Jean Meyer las describe como una “organización secreta”, que establecía entre sus integrantes “un juramento de obediencia y de secreto”.
Gran parte de su historia ha permanecido también en secreto. Sin embargo, en medio de sus conflictos con la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa —que pretendía dirigir todos los esfuerzos cristeros—, un expediente teológico llevó a Roma a disponer que se levantara el secreto el 7 de diciembre de 1928, según Meyer.
Pese a ello, las Brigadas continuaron trabajando sin el juramento formal y su Estado Mayor dejó a cada integrante la responsabilidad de mantener “la discreción que exigen asuntos y comisiones en que andan”.
Fue tan eficiente la organización de las brigadas femeninas que las autoridades mexicanas no supieron de su existencia sino hasta marzo de 1929, tres meses antes de los llamados “arreglos” entre la Iglesia y el gobierno federal mexicano y el final oficial de la guerra.
También es reconocida la lealtad en sus filas. “Entre las miles de jóvenes de las BB, no hubo una defección conocida”, escribe Jean Meyer.

Municiones, espionaje y heridos
Contreras López de Lara explicó que las mujeres llevaban “mensajes estratégicos entre mandos militares” e “interceptaban información de los desplazamientos del Ejército Federal”. Además, organizaban atención médica clandestina en casas particulares, ranchos y zonas serranas.
Las casas de muchas brigadistas “se volvieron las parroquias secretas”, relata, mientras que también “escondían sacerdotes, escondían cristeros, escondían armas” y velaban por la atención médica de los heridos.
Además, “compraban balas, las metían en los pasteles, abajo de las enaguas” e incluso “aprendieron a desarmar las armas para llevarlas en costales más pequeños”.
Este trabajo continuó hasta el final, a pesar de los arrestos de los últimos meses de la guerra. “Estas redadas no pusieron jamás en peligro a la organización que continuó hasta el último día ayudando eficazmente a los cristeros”, escribe Meyer.

Un legado más allá de la guerra
Margaret Chowning compartió con ACI Prensa su perspectiva de que “el importante papel que desempeñaron [las mujeres] en el conflicto produjo una disposición persistente a desafiar al Estado”.
Esta actitud, destacó, se extendió incluso después de concluido el conflicto armado, “especialmente en el ámbito de la educación y, concretamente, en su insistencia en que sus hijos recibieran enseñanza de la doctrina religiosa en la escuela, aunque para ello tuvieran que crear escuelas clandestinas”.
“Así pues, prestar atención a las mujeres ayuda a comprender el conflicto armado, sí, pero también la defensa continuada de una visión católica de la nación”, subrayó.
Contreras López de Lara resume el legado de aquellas mujeres como un “heroísmo callado, pero invencible”.
“Hace 100 años las mujeres hicieron de su fe un escudo” y “de su vida una ofrenda para resguardar la libertad religiosa y la libertad de su pueblo”, afirmó.
La líder actual de las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco asegura: “cuando a las mujeres nos tocan el alma es cuando no hay pared que nos detenga”.